La sombra que da el cuerpo de una mujer es similar a una jaula a la que se le puede tratar de utilizar como cárcel del deseo propio, pero solamente a cierta hora y en ciertas circunstancias es posible tocarla, abrirla.
Diría yo que es similar a un hechizo de amor que pronunciado en los labios de un enamorado, le enamora y en los labios de un asesino es una maldición que todo mundo puede oir.
Regalo habitual es la ropa que le cubre y que sirve para desaparecer sus manchas felinas y en el agua borra las escamas de sirena: las aves no vuelan por placer.
El placer de observar la sombra del cuerpo de una mujer se mide por el mero hecho de haber visto a un ave que seguramente nunca más se volverá a ver en ningún jardin
El ave extraña
Victor Alcázar
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